The Font Hunter

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El otro día estuve en esta tienda. Me gustó.

Pasaba de casualidad y no pude menos que entrar. Imaginaos: una tienda semivacía, lo único que había amontonado eran letras de todos los tamaños, colores y formas, viejas y nuevas. En el lado derecho: viejas cámaras de otro siglo😉 y fotos de desconocidos enmarcadas en cuatro palitos de madera reciclada.

Le dije al tipo: ¿la tienda es tuya? ¿De quién fue la idea? ¡Me gusta mucho! Y le propuse que pegara en las paredes la historia de las letras en forma de fotografías: dónde había encontrado aquella O enorme de madera y las pequeñitas de aluminio… Todo tiene su historia y a la gente le gusta que se la cuentes. Volveré a pasarme por la tienda un día de estos: a lo mejor me ha hecho caso.

Os dejo el enlace de su página http://www.thefonthunter.blogspot.com/

Y otro a una página que también encontré por casualidad, esta vez navegando. Puedes descargarte tipografías de diseño gratis
http://www.dafont.com

La burbuja editorial

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He leído este artículo, publicado hace un par de años en el diario Público. Habla del mercado editorial no sometido a la demanda, sino a la oferta: cuanto más ofrezcas, más estás en el mercado y más posibilidades tienes de acertar con un bestseller. Al artículo le faltan datos, me parece. Eché de menos un apartado sobre la superproducción de las universidades españolas, superproducción que iba a la basura en su gran mayoría y que había costado dinero público, mucho dinero. El caso es todavía más sangrante en este terreno, porque a los que manejan el dinero de los contribuyentes no les duele.

Recordé mis años en el Servicio de Publicaciones de la Universidad X (no me atrevo a acusar a una, sé que son muchas las que hacen esto y es el sistema el que falla). Pues bien, yo trabajaba de becaria de investigación (lo cual es un decir), trabajaba maquetando y corrigiendo los cientos de textos académicos que cada año publicaba la Universidad X y que iban a parar directamente al almacén que había detrás. Sólo unos cuantos ejemplares serían distribuidos para publicidad y abastecimiento (sobreabastecimiento con mercancía de mala calidad) de las bibliotecas públicas y universitarias.

Aquellos profesores reeditaban sus artículos de pseudoinvestigación una y otra vez bajo diferentes títulos, algunos no se cortaban a la hora de dejar las citas sin marcar. La mayoría se asociaba para publicar conjuntamente cosas ya publicadas en otro sitio y nunca leídas. Más de uno ponía su nombre en todos los libros a su alcance, ya porque ostentase algún cargo y los otros “se lo debían”, ya porque, previamente, había dejado que algún compañero apareciera en un libro suyo. El caso era publicar, publicar. Porque los profesores de la universidad española están obligados a publicar, aunque no investiguen, so pena de no promocionarse, perder parcelas de poder económico y académico, y los atractivos complementos dinerarios que, a final de año, cobraban de la Administración los más publicadores. Había una cifra por defecto, 500 ejemplares: me explicaron que era más barato mandar a imprimir 500 copias de cada mostrenco que cien.

Una vez me mandaron al almacén de atrás, a por un título. Allí estaban: los libros. Los “antilibros”, los producidos no para que los leyese alguien, sino para generar dinero. Todos amontonados: cogían polvo. Di unas vueltas por el almacén tenebroso. Fuera, un camión de mudanzas recogía los ordenadores “desfasados”, recién sustituidos por otros de última generación. Todavía funcionaban, pero había que justificar el presupuesto de la partida correspondiente. No sé quién me dijo que los iban a enviar a África.

 

Después de la SOPA

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Tras el cierre de Megaupload, muchos ven la oportunidad de meter bajo llave muchos contenidos comercialmente rentables, como los trabajos de investigación financiados con dinero público.

Research Works Act ya está en marcha. Es una propuesta de ley para cerrar el acceso de muchos contenidos que hasta hoy se comparten en la red con Open Access, contenidos que exponen resultados de investigaciones científicas. Se presentó para ser votada en el Congreso de los Estados Unidos en diciembre de 2011 y aún se está discutiendo, pero no cabe duda de que muchos grandes grupos editoriales se frotan las manos y andan detrás, presionando para que se apruebe.

Imagine un mundo en el que sólo unos pocos tienen acceso al saber… Sí: eso es, podría ser por ejemplo una época cualquiera de la Historia, casi cualquier siglo, o algún país del “Tercer Mundo”.

Tras la caída de las bibliotecas, la Iglesia se encargó de atesorar el saber, seguramente porque sus cabecillas intuían que el conocimiento es un arma para liberarse del yugo que unos pocos imponen a otros muchos. Los fieles que supieran de más, ya no asentirían tan obedientemente, ya no se confesarían, ya no se postrarían más ante esos seres autoproclamados guías espirituales, censores y policías de la vida privada y el destino de la gente corriente.

Pues bien, estamos a un paso de volver a esas épocas. El conocimiento que hoy comparte la ciencia en la red bajo Open Access y licencias Creative Commons está a punto de caer en las manos de mercaderes sin escrúpulos que únicamente ven un negocio. Estos comerciantes, créame, no persiguen el bien común. Tampoco lo perseguían los que cerraron Megaupload. Aunque el mafioso Kim se mereciera que le cerrasen el chiringuito, ¿cuántos “mafiosos legales” no cobran precios abusivos cada día y se enriquecen con la cultura? Se compran coches y casas igualitas a las de Kim, esas que vio usted en la tele.

¿Cuántos “mafiosos legales” no evaden impuestos poniendo sus riquezas en las islas Fiji o donde haga falta? Sí, le hablo de esos mafiosos que dirigen los destinos de un país o el dinero que tiene usted en su cuenta. Esos pueden irse de rositas cuando el país o el banco quiebra y, para colmo, se llevan una indemnización millonaria o vitalicia.

Piénselo: El conocimiento bajo llave y la llave en el bolsillo de los poderosos. Si el conocimiento nos hace libres, ¿qué cree que pasará cuando lo encierren y le pidan a usted una cuota para acceder a él? Pasará que usted será cada día más pobre y más ignorante, y apenas podrá darse cuenta.

Firme contra la RWA aquí.

Conocimiento compartido

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Es interesante ver el conocimiento como una tarea colaborativa que sirve, más que a la verdad objetiva, a la convivencia. Esta es la línea defendida, entre otros, por el filósofo Daniel Innerarity en su libro La democracia del conocimiento. Esta es la filosofía de Wikipedia y parece que funciona, pues ocupa el cuarto puesto de sitios más visitados en la red.

Si tenemos en cuenta los números, de todos modos Wikipedia pierde ante el gigante Google, que es el primero y que se mueve por los mecanismos del neoliberalismo. Parece que se trata de una lucha entre la razón moral y la razón instrumental, entre el bien (común) y el mal (egoísta), entre compartir y acaparar. Wikipedia y Google.

Acaparar para vender y ganar así más y más dinero. Compartir para participar en la comunidad y sentir el reconocimiento de los demás y, en cualquier caso, la satisfacción de compartir.

(Algunos se preguntarán por qué Innerarity ha publicado este libro en un gran sello como Planeta, en lugar de colgarlo en Wikipedia o en Scribd, o en una pequeña editorial que practica la cultura libre, como Traficantes. Pasa lo mismo con el libro de la imagen: El potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún y el conocimiento compartido, de Joaquín Rodríguez y Felipe Ortega. Lean, por favor, el blog de Joaquín Rodríguez Los futuros del libro, sobre este punto recomiendo el artículo (o el post) “El caso Lessing: liberad la información libre”. Un blog muy recomendable. En papel: en Melusina.)

Quizá ha sido el diálogo la forma más modesta y más refinada de conocimiento. Pienso en los diálogos platónicos: en ellos las contradicciones de Sócrates y del propio Platón despistaron a la crítica durante mucho tiempo, pero se llegó a la conclusión de que se trataba del efecto de dejar hablar al otro en el propio discurso, incluido el otro que es uno mismo en diferentes ocasiones. Durante mucho tiempo se habló del “yo proteico” del Libro de Buen Amor: no se entendía que la voz narradora cambiara de manera tan camaleónica: ¿quién hablaba? Son dos ejemplos de “wikipedias” de otras épocas y de otras maneras de ver las cosas.

Wikipedia como forma superior de conocimiento y convivencia, conocimiento compartido, cultura libre… Durante estos meses tiene lugar en MediaLab-Prado este debate bajo las etiquetas #bookcamping y #procomún.

El vizconde demediado, Dios y la Física

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Estoy en la recoleta librería Escolar y Mayo, en la Complutense, curioseando las novedades y veo el libro del famoso científico Stephen Hawking, El gran diseño, lo abro y lo primero que leo es esa frase suya que ha despertado tanto revuelo en la comunidad científica: “la filosofía ha muerto”. Hacía yo por aquel entonces un curso de filosofía. Quedé perpleja, cerré el libro y volví a abrirlo, busqué el párrafo y la frase seguía allí, pero ahora, todavía más altiva y resuelta, repetía ante mi cara de pardilla: “la filosofía ha muerto”, y resonaba al final una gran carcajada.

La verdad es que no me extraña, pensé. Recordé las exageraciones de la filosofía una detrás de otra. La historia de la filosofía podría resumirse de manera caricaturesca, claro, en las exageraciones de los filósofos: uno afirma que la sabiduría está en el placer, el otro en el dolor, uno que el político debe ser prudente, el otro que debe ser alguien sin escrúpulos, uno que no tenemos nada en la cabeza cuando nacemos, el otro que lo tenemos todo, y así por los siglos de los siglos. Hoy la moda es no afirmar nada, pero seguir hablando, claro, con cinismo y apatía. Los oponentes pragmatistas de los posmodernos, dicen que, ya que no se puede afirmar nada, al menos se puede elegir. Perdonen la simplicidad de la enumeración, las enumeraciones siempre simplifican.

Así que ahora Hawking se apunta al carro de la exageración y la imprudencia y afirma esto, pensé, y pensé que Hawking no estaba tan lejos de la filosofía, de hecho hace tiempo que abandonó el terreno de la Física, que es muy limitado, y anda ya por la estratosfera filosófica, eso sí: expresándose mediante números, eso no se le puede negar; Hawking está creando un Mundo de las Ideas numérico, que tiene más caché científico que el de las palabras.

La otra afirmación que leo, después de estas reflexiones iniciales, es que Dios ya no hace falta, porque la Física puede explicar el principio del Universo. Y pienso inmediatamente en que la Física ha ocupado el lugar de Dios, pero sin misericordia ni ira, ella es indiferente, por eso está constituida por leyes y no por voluntades. De modo que si alguien había explicado la “existencia de Dios” desde lo práctico (“Dios hace falta”), pues ahora sabe que puede recurrir a la Física para contarle sus males y pedirle que le eche un cable, eso sí: tendrá que explicárselo mediante fórmulas y la Física le devolverá probabilidades, no espere el nuevo creyente sentir en su interior ninguna seguridad.

Cierro el libro y lo dejo donde estaba. Hawking me ha defraudado: como el resto, ha hecho alarde, se ha pavoneado, las hormonas y los fracasos vitales  han dirigido muchas mentes abiertas hacia estos precipicios y callejones sin salida, y él no es una excepción: no hay un atisbo de prudencia ni modestia en este libro, aquí no puede haber sabiduría. Abandono la librería rumbo a mi clase, voy pensando qué es lo que deseo yo de la filosofía. Saber más no, eso lo tengo claro, quizá seguir pensando con otros, seguir en diálogo acerca de las cosas que me interesan.

Subiendo las escaleras, recuerdo que tengo en la mochila un libro: El vizconde demediado, debería leerlo, pienso con resentimiento, debería leer más literatura.

 

El placer de que “te toquen tus historias”

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Vamos a hacer el experimento siguiente: usted participa en un taller literario donde consiente que le toquen sus historias sin limitación alguna. Esas historias tocadas y retocadas por todos se publicarán en la red y su nombre no aparecerá, en cambio aparecerá un nombre colectivo, podría ser “Taller literario Lehman Brothers and Co.”, “La cocina de la abuela” o “Los mundos de Rupert Murdoch”, vaya usted a saber.

Lo interesante es que usted “se ha dejado”, ha permitido que extraños toqueteen sus “papeles” electrónicos, con pinzas y bisturí alguien a quien usted no consigue ponerle cara, aunque sueñe con él/ella/ellos cada noche, ha quitado aquí, ha puesto allá, haciendo y deshaciendo a placer…

Lo peor de todo es que usted había compuesto “X” un día y, al ir a mirar al día siguiente, ha visto “Y” y le ha gustado. Haciendo un esfuerzo imaginativo descomunal ha conseguido reconocer entre líneas aquel espíritu que insufló la “idea original”, pero ahora aparece vejada, humillada, trastornada y está realmente bella.

Está llegando a la conclusión de que a las “ideas originales” cuantas más vueltas se les dé tanto mejor, cuanto más se las manipule y se las mezcle con otras, mejor, y cuanto más hayan ido y venido en boca y en manos de todos, más resplandecen… Es, le parece, lo que ocurre con los dichos populares, que se hacen gloriosos por haber pasado por la boca y el cerebro de muchos, y no de uno solo.

El caso es que, llegados a este punto, usted, agotada intelectualmente, exprimida en sus derechos de autor y herida en lo más íntimo de la propiedad intelectual, se ríe a carcajada limpia frente a la pantalla del ordenador mientras observa cómo la historia cambia en tiempo real (o virtual, tanto da) y ahora ya no se trata de una novela ni de una historia de amor, ni de la ciudad de Barcelona, sino que nos encontramos en un mundo virtual tipo Second Life y la historia de amor se ha convertido en un thriller… Pero usted ya no consigue ver la diferencia entre esa “historia nueva” y la vieja, la suya: en realidad, está totalmente de acuerdo con el cariz que ha tomado todo, porque una historia de amor puede convertirse en una historia de terror, y una vida junto a la playa, con mar y sol incluidos, en Second Life, con una serie de pasillos y ventanas interiores que lo devuelven a usted al antiguo paisaje de sí mismo, que ya no reconoce pero que… mire usted por dónde, le suena, le suena…

Al final, una máquina la somete a una encuesta: ¿Reconoce usted en el goce de otros, su goce?, ¿en las lecturas de otros, sus lecturas pasadas y futuras?, ¿entre la versión infinita de los textos, su texto?